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domingo, 5 de marzo de 2017

De las Revoluciones Científicas a la revolución de los científicos

En febrero del año 1600 Giordano Bruno era condenado por la Sagrada Inquisición, por defender, entre otras teorías, que el universo era infinito, poblado por una infinidad de estrellas, como el sol y por muchos planetas, en los cuales, existía la posibilidad de la vida. 

En 1633, Galileo Galilei fue condenado a prisión perpetua y obligado a abjurar de sus teorías sobre el heliocentrismo (teoría que corregía el geocentrismo, la idea de que todo el universo se movía alrededor de la tierra) que ya era defendido por Copérnico desde 1543 en su libro Sobre las revoluciones de las esferas celestes.


Entre otros, estos tres hombres sentaron las bases para que durante los tiempos del Renacimiento y luego, los siglos de la Modernidad, se realizara toda una Revolución Científica. Lo que estos hombres hicieron, no fue solo generar nuevas teorías sobre el universo y la naturaleza, fue quitarle al poder medieval el asiento epistemológico que durante 15 siglos le dio sustento y legitimidad. Toda la Edad Media católica construyó su poder a partir de la visión Aristotélica y Ptolomeica del universo, las cuales empataban perfectamente con la visión teológica que se desprendía de la Biblia y que todas las generaciones de teólogos que vivieron durante esos siglos firmó y confirmó. De tal cosmología, salía incólume la idea de que el poder de la iglesia y de los reyes católicos, provenía de un orden celestial dictado por dios y que era infinito y eterno. Bases fundamentales de la conservación de tales poderes terrenales.


Pero esa revolución científica, que permitió que en adelante el conocimiento pudiera fundamentarse en un método, en observación y en mediciones, también favoreció la emergencia de nuevas formas de entender la economía, la sociedad y la política. Esa revolución científica, luego, llevó a la revolución industrial, a la revolución francesa, a la revolución americana y, por lo tanto, a la configuración de un orden social completamente nuevo en el cual el poder no era una expresión divina, sino humana. Pensadores como Hobbes (final del siglo XVII) Rousseau (en el siglo XVIII), ya establecen las pautas para la creación de sistemas políticos fundamentados en ideas modernas, superando finalmente el orden medieval para siempre.

Estos son solo algunos ejemplos de la profunda relación que existe entre el conocimiento y el poder. Queda claro que las transformaciones que se dan en el ámbito del conocimiento, terminan por transformar el ámbito del poder. Esta relación es dinámica. En un momento el conocimiento sirve de sustento al poder. Este se legitima y perdura en el tiempo gracias a que los productores de conocimiento refuerzan permanentemente las ideas que le dan sentido y verdad al modelo social que permite una determinada forma de poder. La edad media, con todas sus estructuras sociales, solo fue posible gracias a la ardua labor de los teólogos. Así el conocimiento es contenido del poder. Pero, en otro momento, el conocimiento supera el poder. Lo que está descubriendo, lo que está comenzando a percibir, termina por contradecir sus hipótesis anteriores e, inevitablemente, llega a la formulación de una nueva forma de entender el universo, la naturaleza y la sociedad. Es cuando el poder termina por ser contenido del conocimiento.
El divorcio entre la teología y la ciencia, en el renacimiento, permitió la emergencia de un tipo secularizado de productor de conocimiento. Personas que, aunque mantuvieran sus creencias religiosas, trabajaban a partir de fundamentos empíricos, matemáticos o conceptuales, no más de dogmas incuestionables.  Esto permitió pensar y construir un mundo completamente diferente: el mundo moderno. En la medida que se transforma toda la estructura social y política, asimila todo el conocimiento que se está produciendo. El conocimiento se traduce en las nuevas formas de poder, hasta que este, una vez más adopta la forma conservadora y usa el conocimiento como sustentáculo.
Una de las ideas fundamentales de esta revolución científica fue la de que la naturaleza no contenía en si misma absolutamente nada de sagrado. Sobre ella, el hombre, ahora sin la necesidad de referirse a un poder eterno y divino, podría gobernar según su voluntad. Así, por ejemplo, era posible transformar la naturaleza en riqueza, en capital. Y fue este cimiento filosófico y científico, el que permitió el crecimiento de los sistemas de poder modernos: el capitalismo y el socialismo: hombres de poder transformando la naturaleza y organizando las sociedades a partir del conocimiento que la nueva ciencia les permitía.
Así como los teólogos sirvieron a los Papas y Reyes de la Edad Media, los científicos y filósofos sirvieron a los poderosos de la modernidad.  A lo largo de los siglos XVIII y XIX la ciencia, en todas sus áreas le dio forma a todas las nuevas formas de poder de las sociedades modernas. Las formas del poder moderno, fundado en la nueva visión del mundo, se incorporaron en el Estado y la Economía. El nuevo orden mundial, tal cual lo conocemos se alimenta de todo este proceso. El siglo XIX fue el laboratorio en el cual se cocinaron las bases de reproducción del poder que se conocieron durante el silgo XX. Esto incluye las grandes ideologías políticas (de la extrema derecha a la extrema izquierda) que dominaron el panorama, y sobre las cuales emergieron estados, imperios, guerras, modelos sociales y dinámicas económicas.
Sin embargo, hay que decir que mientras la dinámica del conocimiento tiende a la superación de sus propios paradigmas, la del poder tiende a la conservación de los suyos. Es por eso que, mientras durante el siglo XX, los productores de conocimiento se embarcaron en más una revolución científica, los detentores del poder se dedicaron a hacer guerras para saber quién se quedaría para siempre con el trono. Mientras que el conocimiento, una vez más se transformó, el poder, apenas consiguió desdoblar y aplicar de maneras cada vez menos creativas, los predicados de teorías del siglo XVIII y XIX.
Con la física cuántica y de la relatividad, con todas las aplicaciones de la nueva química, la nueva biología. Con los desarrollos de las matemáticas aplicados ahora a las nuevas tecnologías, a la computación y a las comunicaciones. Con todo lo que ha sucedido en el campo de la genética, de la robótica y de la astronomía, una vez más estamos en un periodo en el cual, conocimiento y poder viven una ruptura. El conocimiento actual no le da más sustento a las formas del poder actual.
De la misma manera que resultaba completamente absurdo que la Sagrada Inquisición y el papa tuvieran derecho a quemar en la hoguera a un científico porque contradecía los fundamentos de su poder, hoy resulta absurdo, que el conocimiento científico sea negado y los científicos puestos en la sombra, porque sus aportes no son funcionales con el poder.

El desarrollo del poder bajo los preceptos desarrollados por la modernidad llevó a la situación actual. La idea de que la naturaleza es un objeto que se puede y debe transformar en riqueza, nos trae hasta la actual crisis ecológica global. La idea de la evolución, que hizo que los más fuertes sobrevivieran a los más frágiles, permitió que la economía estuviera al servicio de quienes detenían las armas y el poder de hacer la guerra contra quienes solo tenía sus brazos y su capacidad de trabajo. La idea de que la libertad de los emprendedores era el sustentáculo de toda economía, nos trae hasta un panorama en el cual, el 1% acumula la riqueza del 99%. La idea del crecimiento como regla general de la economía, nos coloca ante el abismo social, político y ecológico.

Los hombres del poder hoy no escuchan más a los hombres de conocimiento. Se burlan de sus teorías y sus llamados a la aplicación de lo que la investigación y el estudio apuntan.
Vivimos en un mundo en el cual, paradójicamente se han acumulado, más que en ninguna otra época, riqueza material y conocimiento. Nunca antes se produjo tanta riqueza. Nunca antes se produjo tanto conocimiento. Y estas dos super-fuerzas no dialogan entre sí. El poder solo quiere usar el conocimiento para acrecentar su fuerza. Y el conocimiento no quiere discutir el problema del poder.
El estado, los sistemas políticos, la economía viven crisis que van de constantes a permanentes y las decisiones que toman los hombre de poder van dirigidas a acrecentar su poder, a mantener sus privilegios, a alimentar su vanidad. Fenómenos que la ciencia y la filosofía modernas daba por terminados, como el racismo, el centralismo, el patriarcado, la misoginia, el fundamentalismo religioso, son, ante el divorcio entre poder y conocimiento, las razones del poder. Y cuando ciencia y poder se reúnen, terminan por elevar a aquellos que más ignorancia, arrogancia y vanidad demuestran.  Es un tiempo en que la ciencia termina por ser canibalizada por el poder.
Este es el caso de todos los desarrollos de la ciencia aplicados a las nuevas tecnologías. El conocimiento de toda una nueva generación de jóvenes es usado para manipular sociedades enteras, para destruir las estructuras que la sociedad entendía como fundamentales para la democracia moderna, la libertad de los ciudadanos, los derechos universales y la democracia. La capacidad de concentrar y organizar información sobre cada ciudadano en el mundo y luego, ofrecerla analizada, decantada y micro segmentada en la mano de quienes quieren más poder, resulta en un escenario, mucho peor que el medieval.

Aquellos que tienen la osadía de mostrar las irracionalidades del poder, son perseguidos, relegados, cuando no asesinados. La era de la llamada “pos-verdad” remite a esa relación entre conocimiento y poder. Al poder ya no le interesan las verdades de la ciencia. A través de su inmenso poder de difusión impone verdades: el calentamiento climático es una ilusión creada por enemigos del progreso; la pobreza de la mayoría de la población del mundo es una falsedad; el peligro inminente de una guerra atómica o del uso de armas biológicas de escala mundial, pura fantasía; la concentración de riqueza en el 1% de la población es un espejismo. La destrucción de ecosistemas es falsa., etc, etc. El poder hoy resuelve todo con slogans.

La ciencia amplía a una velocidad incesante su caudal de conocimientos. Crece el número de nuevas teorías en todas las áreas. Sin embargo, o, mientras cada día crece el volumen y la calidad del conocimiento adquirido, más se establece una distancia rígida entre este, los poderosos  y la sociedad. Los slogans utilizados por los dueños del poder aparecen como completas irracionalidades a los ojos de la ciencia. La sociedad prefiere los slogans, aunque tampoco los entienda.
Si algo ha aprendido el poder es a manipular la ignorancia. Esta es la regla fundamental en el impulso instintivo de conservación del poder.  Y así, el siglo XXI, vive una contradicción insólita en la historia: en plena sociedad del conocimiento, el poder se reproduce en la reproducción de la ignorancia mientras toma decisiones de espaldas a toda evidencia científica. La ignorancia del poder es el fundamento de todo apocalipsis.
Cabe entonces preguntarse: ¿Hasta cuándo los productores de conocimiento va a mantenerse funcionales ante los resortes del poder?

Los desafíos de la humanidad y del planeta hoy, demandan una abundante dosis de conocimiento científico. En cambio, las grandes decisiones están siendo tomadas de espaldas a ese conocimiento.
Es hora de que la ciencia establezca una definición de democracia que supere las definiciones modernas. La idea de la representación, por ejemplo, creada en el siglo XVII, en pleno siglo XXI, ya es anacrónica. El voto de la mayoría hoy es usado por los resortes del poder apenas para perpetuar el poder. Pero además, las mayorías están subsumidas en la ignorancia. Por lo tanto,   la mayoría ignorante elige sin saberlo a quien mejor la manipula y hoy, la ciencia está al servicio de esta fatalidad a través del big data, una aplicación de la tecnología de computación, la psicología, la sociología cuantitativa. 



Y todo esto nos trae hasta un presente en el cual, un inepto en ciencia como Donald Trump, es el hombre que puede decidir una guerra mundial, la construcción de un muro de 20 mil millones de dólares, fue elegido por una multitud de racistas, xenófobos y misóginos rabiosos, con la ayuda de ingenieros de sistemas sofisticados. La misma tecnología está siendo usada por todo tipo de nativos del poder mundo afuera y estos son seguidos por masas de ciudadanos para quienes los slogans racistas, xenófobos y pro-capitalistas, son todo lo que quieren escuchar.
Pocos hombres de ciencia levantan su voz. Se contentan con ver sus logros científicos publicados en una revista indexada. Caminan en solitario hacia el descubrimiento de verdades que describen, explican e interpretan lo que está ocurriendo y cómo podríamos solucionarlo…pero, mantienen silencio. ¿Qué esperan?, ¿que algún presidente los llame y les pregunte?
Vivimos una auténtica revolución científica, pero el grueso de la población aún vive en los tiempos de Galileo Galilei y lo único que saben es que la tierra gira alrededor del sol. Y de hecho, la mayoría vive girando alrededor de un empleo o del estado esperando que salga el sol, repitiendo sus conductas sin percibir que, si continuamos usando el planeta de la manera como lo estamos usando, luego, no tendremos planeta. Las masas y los poderosos siguen de la mano por el mismo camino insustentable.

Tal vez sea el tiempo de vivir una Revolución de los científicos. La ciencia del siglo XIX decía que las revoluciones debían ser hechas por las masas. Esto no ha ocurrido y la evidencia muestra que muy seguramente no va a ocurrir. En el siglo XXI las grandes transformaciones estarán por cuenta de los productores de conocimiento. Basta que ellos decidan si continúan esclavos de un modelo de poder que hace un siglo abandonó el conocimiento. 

@Edilberto Afanador Sastre. Sociólogo. Marzo 5 de 2017.

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